Soy un bicho raro. Me gusta estudiar, no sólo aprender, me gusta sentarme en la soledad de mi cuarto, con mi perrita durmiendo a mis pies, con mis apuntes sobre la mesa, mis cuartillas y mis bolis azul, rojo y verde, preparar esquemas, entender por mí misma las cosas, buscarles sentido. ¡Adoro esa agradable sensación de ver la luz después de un rato intentando deducir algo! Al fin y al cabo, qué sería de nosotros si no tuviéramos inquietudes, en qué punto de nuestra historia nos habríamos quedado...
No obstante, he de admitir que, incluso en un bicho raro como yo, el autoaprendizaje de algo que no nos motiva es complicado. Es fácil tirar la toalla cuando no sólo no entiendes algo sino que, además, no te motiva. Sé que es facil decirlo y que probablemente en ciertas edades no sea fácil de llevar a cabo (veo más fácil haber sido capaz de motivar a niños de cinco años que motivar a un grupo de adolescentes), pero creo que, al menos, todo profesor que se precie debería intentar lograr esa chispa de motivación que nos moviera a querer comprender lo que "quiere" (algunos dudo que quieran nada salvo llegar a fin de mes) transmitirnos. ¿Puede haber una satisfacción mayor que la de ver tus conocimientos transmitidos de un modo activo?
Puede que lo más complicado que enseñara en su día a mis alumnos fueran las direcciones utilizando un molino de cartulina, pero verles disfrutar con ello era realmente fantástico. Ojalá todos los profesores buscaran sentir eso mismo.
Profesores del mundo: ¡Motivadnos!
Entrada completamente inspirada por mi profesor de física. Gracias por hacer que tenga que estudiarme un libro de 700 hojas, gracias por hacer tus clases tan insípidas, gracias por convertir esta parte de la ciencia en algo tan aburrido, gracias por orientar mal los vectores en casi cada ejercicio, y, sobretodo, gracias por confundir seno con coseno en un 80% de las fórmulas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario