Dicen que el ser humano es un ser social por naturaleza, que siente la necesidad de unirse en grupos, de interactuar con sus semejantes. Realmente no creo que pudiera vivir en plan ermitaña, pero es verdad que por lo general no siento una gran necesidad de interacción social, y soy consicente de que eso me hace parecer rarita a ojos de los demás. Y aquí el término rarita abarca desde borde, arrogante o creída hasta profunda, compleja y psicológicamente trastornada. Siempre hay gente (poca) algo más intuitiva que se da cuenta de que soy solitaria y además algo tímida, y de que no solo nunca seré el alma de la fiesta sino que eso no forma parte mi lista de propósitos para año nuevo. Adoro mis momentos de soledad, estar a solas para pensar, para leer, para escribir. Estar a solas. No estar en compañía. Simple y llanamente.
Cuando estoy con gente con la que no tengo confianza (y, salvo excepciones, me cuesta mucho tiempo cogerla) puedo estar largos ratos en silencio, y me pregunto: ¿por qué han de calificarse de incómodos? Este obsequio de la naturaleza está verdaderamente infravalorado en la actualidad. Por otro lado, también se dice que si lo que vas a decir no es más bonito que el silencio no lo digas. Hay gente que habla por hablar, simplemente por rellenar con sonidos de manera continua y desorganizada el espacio-tiempo. En ocasiones hasta me molestan esas conversaciones banales, totalmente insustanciales, realmente absurdas por momentos, y en las cuales has de participar si quieres formar parte del grupo. No hablo de conversaciones para pasar el rato sino de esas que se notan forzadas por la situación, normalmente iniciadas por personas que hablan tanto a lo largo del día que una conversación más de este tipo no influye en su currículum social. Y también hablo de personas que resultan molestas por sus continuas bromas sin gracia, y de personas que les dan coba para quedar bien quejándose después del catastrófico resultado.
Soy de las que no ríe una gracia si no ha sido tal, independientemente de la situación y del estatus (léase por ejemplo tu jefe) de la persona que se haya atrevido a contar ese chiste insulso en tu presencia esperando una carcajada que nunca llegará (ni tan siquiera por compasión). En estos casos me sale la vena de maestra: si no quieres que el niño (en este caso niño grande) repita una conducta no la refuerces (comunmente hablando: no le des coba). Cómo erradicar el comportamiento indeseado: Técnica de extinción, consistente en ignorar sistemáticamente la conducta indeseada. Se producirá un incremento de la misma en intensidad y frecuencia en un primer momento (la llamada curva de la extinción... será un tiempecico laaargo y jodío en el cual el sujeto desplegará todo su repertorio, en este caso humorístico, ante ti, frustrándose cada vez un poquito más ante tu indiferencia) pero después descenderá hasta desaparecer por completo. Si esta conducta está muy arraigada será más difícil de erradicar, pero no es imposible con tesón y perseverancia, y si no claudicas ante la curva de la extinción hasta te puede resultar divertido ver cómo se frustra el sujeto hasta darse por vencido ante tus recursos psicológicos.
Una vez más siento que me he ido del tema original, pero bueno, nunca viene mal desestresarse del jefe, libero más endorfinas que tomando un chocolate calentito en pleno invierno tapada hasta los sobacos con mi manta favorita (la que no me hace acumular electricidad estática).
¡Buenas noches! Y recordad: reíd solo cuando os apetezca reír.

Siempre existe alguien así. Desgraciadamente, la mayoría parece ganar habitualmente. No obstante, los silencios incómodos o no, a veces se agradecen. Sobretodo si con quien estás es alguien con quien no tienes afinidad o simplemente te cae mal. ¿Por qué fingir ser agradable? Es cierto, tal vez lo haga algo más fácil, pero las úlceras que nos crean no deben de ser nada buenas.
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