Un lugar sin tema definido donde tienen lugar todo tipo de pensamientos, delirios y sentimientos. Un lugar sin trascendencia en el que nada parece venir a cuento y todo tiene cabida. Un lugar donde dejar volar la imaginación. Un lugar donde la gravedad es limitada.

martes, 15 de noviembre de 2011

Una serie de vergonzosas casualidades

A veces tienen lugar una serie de acciones inocentes de forma aislada pero con un gran poder de destrucción (de la imagen pública en este caso) de manera conjunta (algo así como cuando los lemmings trabajan unidos).
Adoro a estos diablillos, aun cuando quedan enredados en una minúscula porción de tierra que ni unas gafas de culo de botella pueden percibir, o cuando gastan el último pico hacia el lado equivocado, y debes suicidarlos irremediablemente.

Pero bueno, que me desvío del tema. Pongámonos en situación. Semana Santa del 2011, mediodía del último día en que abren los supermercados. Mi hermana y yo redactamos a lo largo de la comida una lista de compra para mi madre, simplemente citamos los artículos en cuestión, como quien canta estrofas al azar con la misma melodía creyendo que forman una misma canción, y ésta los va apuntando, a intervalos quizás de unos 2 minutos. Entre uno y otro la mente ha seguido su misterioso y fascinante discurrir cotidiano sin reparar en que el azar iba a jugarle en breve una mala pasada a su portadora.

Semana Santa del 2011, tarde-noche del último día en que abren los supermercados. Mi madre y yo hacemos fila en la caja del Mercadona. Es hora punta, el lugar está abarrotado de gente con carros repletos de productos. Afortunadamente nuestra lista es escueta y hemos hecho rápido. Ya estamos llegando a caja. Hay hueco en la cinta y yo, sin dudar, cual hija ejemplar que intenta hacer méritos para tener contenta unos minutos más a su madre borderline, levanto la cesta y comienzo a colocar los productos. Llegados a este punto, diré que lo que no hago jamás en mi cuarto o en mi agenda es un ritual en mi compra. El orden es un must en mi cesta, de tal modo que, siguiendo mi patrón obsesivo-compulsivo para evitar una crisis de ansiedad innecesaria, coloco los objetos dispuestos como lo haría un finalista en el grand master de tetris y me retiro a esperar a que a mi obra de arte moderno le llegue su turno de ser contemplada con admiración. 


En cuanto veo la escena en perspectiva me alejo de inmediato de su zona de influencia, dejando a mi madre sola a merced del qué dirán (soy una horrible horrible persona). No quiero que nadie me relacione con ese conjunto de productos ridículamente ordenados que prometen un apoteósico y escatológico plan para Semana Santa. Una infusión llamada Evacuax, toallitas, papel higiénico, yogures con cereales, una caja de all bran  y un sobre de sopa (supongo que para cuando la tormenta haya pasado).

En ningún momento consideré la visión global a medida que los buscaba uno a uno por la tiena. En realidad ningún producto iba a ser combinado o utilizado conjuntamente con sus compañeros de cinta, pero la escena global era cuanto menos sospechosa y vergonzante.

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