Un lugar sin tema definido donde tienen lugar todo tipo de pensamientos, delirios y sentimientos. Un lugar sin trascendencia en el que nada parece venir a cuento y todo tiene cabida. Un lugar donde dejar volar la imaginación. Un lugar donde la gravedad es limitada.

martes, 16 de abril de 2013

Hasta siempre, compañero

          Ahhhh, puta melancolía que me asalta con nocturnidad y alevosía. Supongo que evitar recordar mi pasado hace que acabe surgiendo en forma de sensaciones intensas e inesperadas que no acabo de vincular con sus causas reales. Me he convertido en una experta en evitar mis recuerdos, en evitar mirar hacia atrás, en olvidar mi pasado. Ojalá lo hubiera sabido llevar de otro modo más sano. Supongo que al principio me habría costado, pero que, a estas alturas, podría afrontarlo de otro modo distinto a la negación y el olvido.


         Siento haber enterrado tu recuerdo en lo más hondo de mí para no sufrir. He sido muy egoísta. Perdóname (yo aún intento perdonarme). Fue tan duro saber que nunca verías en qué me he convertido, que no podría seguir conociéndote (hay tanto que me gustaría saber de tí, de cómo eras, de cómo pensabas...). Es tan duro pensar que nunca llegaste a verme conducir, que no pudiste estar en mi graduación, que no puedo explicarte todo lo que aprendo en clase y que tanto me recuerda a tí (mis pesudocircuitos con comportamientos impredecibles que intentan parecerse a esos circuitos que te veía diseñar en esas tardes tan especiales a tu lado programando autómatas cuyo comportamiento empiezo a comprender), que no me has visto trabajando, que no has conocido a mi perrita... 

       Echo de menos tu risa, tus bromas, tus sustos, que me hacían tirarme al suelo gritando, tus cosquillas a traición, tus palabras de ánimo siempre que estaba mal, tus cuentos mal contados, nuestras tardes de cine de domingo con revuelto de fritos, una coca cola y una Volldamm, nuestros paseos por la ribera del río, nuestras partidas al mus, en las que, sorprendentemente, conseguía ganar, y esas partidas de tute con mis increíbles rachas de suerte, la misma suerte que tuve aquel día en que encesté hacia atrás tres veces seguidas sin mirar y no podías parar de reír... Echo de menos verte leyendo en el sofá, y escuchar esa respiración que me tranquilizaba. Echo de menos ser tu copiloto. Echo de menos oír tu voz tras marcar tu número, y odio que mamá me llame desde tu línea y mi corazón aún dé un vuelco al ver esas seis cifras que jamás he olvidado y, por un instante, espere tu voz diciéndome "¡colibrí!". Echo de menos sentirme como me sentía a tu lado: a salvo del mundo... Te echo de menos.

       Tantas veces he deseado creer que volveríamos a vernos, en algún lugar, más allá del arcoiris. Mas no puedo. Supongo que cada uno tenemos un tiempo en este lugar, y, puestos a creer, prefiero creer en que, de algún modo, una parte de nosotros nunca abandona la vida, y que, de alguna manera, sigue disfrutando de todo cuanto nos rodea, en otro lugar, en otra forma. Preferiría pensar que estás en algún lugar antes que esperándonos a los que te echamos de menos. Aunque eso supusiera creer que nunca volveríamos a vernos. Eso no cambiaría el tiempo que tuvimos juntos, y lo que queda de tí en todos cuanto tuvimos el enorme placer de conocerte.

 

¡Te quiero Papá!, aunque aún no pueda nombrarte sin que mis labios tiemblen, aunque aún no pueda pensar en tí sin llorar, aunque parezca que quiero olvidarte. Eso nunca sucederá, siempre estarás en mi corazón, en mis recuerdos, en mis sueños y en mis acciones. 
¡Gracias por todo cuanto me enseñaste!



No hay comentarios:

Publicar un comentario